Termitas

 

por Gabriela Conde Moreno

fotografía de Kantilal Patel

Y ahora los perros, le dice el marido en el mensaje grabado en la contestadora pero no suena alterado, al contrario, su voz es meliflua y modulada.

   Los perros escaparon en la mañana gracias a una plaga de termitas que deshizo la cerca y después algún vecino los envenenó. No quiere oír al marido gritando de sufrimiento pero sí con rencor, ella piensa que debió llamarle y decir: ¡Lo de los perros es el inicio de una terrible venganza contra todo el vecindario! Pero no. Si tu casa se desarma y un día los cuerpos de tus doberman aparecen en el patio, lo natural para el marido es culpar a una plaga de termitas y llamar a un exterminador. Ella cree que de estar con cualquier otro, el arquitecto cono el que ella trabaja por ejemplo, ambos habrían salido con un enorme soplete a matar termitas y vecinos. 

   Estoy en el estacionamiento afuera de tu oficina, te espero, le dice un nuevo mensaje del marido. 

   Me espera, piensa ella, esperar es buscar. 

   Llama por teléfono al arquitecto. Él no contesta. Querría verlo ahora e irse al bar de enfrente para acariciarse. Todavía no pasa mucho entre ellos dos: han intercambiado varios mails sobre la forma en que ella cruza la pierna, sonrisas en las juntas y lo de esta mañana. Él le rozó los labios cuando se despidieron en la oficina.

    Ayer en el estudio de la casa, el marido sacó un libro de los estantes de encino. Apenas lo apretó un poco y éste se desbarató en sus manos. Era Nicanor Parra, dijo él con los ojos enrojecidos y su voz cursi. Nada separa a las palabras de las cosas, pensó ella, su era Nicanor Parra se hacía lodo igual que las pastas, las hojas, las grafías. Un pliegue de luz sofocante de verano entraba por la ventana, las hermosas manos del marido como garras sosteniendo el cadáver del libro del cual se desprendían cientos de gusanos blancos y el lodo cayendo, como condensando el aire entre los dos. Me estoy perdiendo de algo, pensó ella. 

   Ahora lee algo sobre termitas: Aparentemente la madera está sana pero a la presión ésta se hunde y muestra un hueco, los muebles en la superficie no se ven dañados, pero por dentro se desmoronan. La capa externa ha sido respetada por los bichos para resguardarse de la luz y la falta de humedad. La sustancia que nutre a las termitas es la celulosa de la madera, esta sustancia también se encuentra en derivados como el papel. Una invasión no detectada a tiempo podría traer como consecuencia la pérdida del inmueble. Cierra la página. Quiere llamar de nuevo al arquitecto, emborracharse, besarse, ir a un hotel, quiere saber cuál es el ángulo que él mira cuando cruza las piernas en los seminarios. Quiere que entre ahí y le diga: ¡Llenemos de gas el piso de madera, un pequeño campo de concentración para las termitas, implosionemos el departamento!

   Marca. 

   El arquitecto le dice que está a dos cuadras de la oficina y ella le pide que pase a verla. 

   Se pregunta por qué el marido compró una pareja de perros doberman y no otra, unos labrador, por ejemplo. La primera vez que tuvieron sexo, ella estaba encima de él: se movió precipitada, nerviosa y sangró por la nariz. El marido la abrazó y ella sabe que él tomó los chorritos de sangre como ofrenda de amor. Ella no quiso decirle que sus vasos son frágiles, que sangra cuando el clima está muy caliente, cuando se asusta, cuando está muy excitada. Él susurró: te cuidaré y le puso un trapo frío en la cabeza. Él me cuidará, se repite ella, como cuidaba de esos doberman tontos que comieron chuletas grandes y envenenadas. 

   Sale por la puerta trasera. 

   El arquitecto la saluda desde la esquina. 

   Llama al marido.

  —¿Pasa algo? 

 —Me falta mucho, será mejor que te vayas, te alcanzaré en taxi. 

  Y se ve a sí misma llegar unas horas después, adolorida y ronca, con la nariz sangrando, quedarse en el patio al funeral de los perros y al final entrar a esperar que les caiga encima la casa.

 

 

 


Gabriela Conde Moreno (Tlaxcala, 1979). Estudió la especialización de Postgrado en “Literatura y Poder” en la Universidad Carlos III de Madrid. Obtuvo el Premio de Literatura Tlaxcala de Narrativa en el 2003 y el de ensayo en el 2013. Además fue primer finalista en el IV Certamen Internacional Melpómene en Canarias España en 2003. Ha sido varias veces becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Tlaxcala (FOECAT), del programa jóvenes creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA)  y de la sexta generación de la Fundación para las Letras Mexicanas. Ha publicado el libro Espejo Sobre la Tierra y en diversas antologías en México, España, Colombia y Perú. Además textos suyos han aparecido en diversos diarios y revistas nacionales e internacionales en México, Colombia, España y Alemania. Fue invitada para representar a las letras mexicanas en París, Francia, en el 2014, en el Marco del Encuentro de Escritoras Contemporáneas en La Casa de México en París. Se puede escuchar algunos fragmentos de su crónica Tejidos en www.vanosonoro.com/tejidos/ 

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