Poemas de Jorge Sosa

 

 

Cada mano tiene un dorso y una palma.
La palma está diseñada
para acariciar o sostener un tazón de sopa.
El dorso para apartar la hierba
o realizar el golpe de karate conocido como haishu.

Una parte acerca y la otra aleja.

Nadie nos enseña esto
y casi todos usamos mal nuestras manos
con resultados adversos.
Ésta es la razón
por la que tantas bofetadas acercan
lo que queremos alejar.

Pero la mano tiene un tercer lado
que permanece oculto,
excepto para algunos guitarristas virtuosos
y desesperados,
que pueden percibirlo en los límites de sus melodías,
como si faltara una cuerda
o un pedazo al mástil de sus instrumentos.

La tercera parte de la mano
tiene la forma de un gancho
y es de donde nos jala la marea
si entramos al mar de madrugada,
hacia el lugar que presentimos
desde niños.

Cuando ocurre,
el pánico de nuestros músculos
usa toda la fuerza de nuestros brazos
para resistir y volver a la playa.

Algunos no sienten miedo
y dejan que la fuerza bajo las olas
cumpla su propósito.

Mi gata está oculta
bajo la alacena.
Afuera hace sol,
las jacarandas han florecido.
Dos chicos tocan marimba en el parque
y su canción llega tímida hasta aquí.
Mi novio compró boletos
para una película checa
cuya sinopsis nos ha entusiasmado.
Me he dado un baño,
falta una hora para la función
pero no logro vestirme.
Tengo el celular en la mano
con dos llamadas perdidas.
Mi gata me mira,
me invita
con su respiración
a que me acueste a su lado,
bajo la alacena,
mientras todo pasa.


Fumé un cigarro
un martes de junio
en la parada del autobús
que me llevaba
de la escuela secundaria a casa.

Era el primero,
aunque mi amigo Iván no lo sabía.
Le aseguré
que ya era un experto.

Compré una cajetilla
de John Player Special,
de color negro
y más grande que las demás.
Pensé que no me los venderían,
pero la dueña de la tienda
no pestañeó
ni siquiera al ver mi uniforme.

Al encenderlo, esperaba
una asfixia súbita
como en el cine,
una tos incontrolable,
pero el humo recorrió
mi boca, garganta y pulmones,
como una música familiar.

Oculté el resto de los cigarros
durante semanas.
Pensé que mi padre los encontraría,
que recibiría una golpiza,
quizá me echarían de casa.

No pasó nada.
De dos en dos, Iván y yo
los fumamos cada martes,
hasta acabar con ellos.

Después vinieron
miles de cigarros más.
No me arrepiento de los otros,
ni siquiera de los que traigo
en el bolsillo.

Me arrepiento del primero
que encendí con los ojos cerrados
esperando que un rayo justiciero
me lo arrebatara de la mano,
nada parece importante desde entonces.

La palabra hamburguesa
no tiene significado.

Una hamburguesa puede ser:

dos navajas con un fleco en medio

dos zapatillas de tacón con una vértebra sacra en medio

dos canciones melancólicas para escuchar en la autopista con un exnovio en medio.

La palabra hamburguesa
fue desarrollada en un laboratorio
y esparcida a través del combustible
de aviones de vuelos comerciales
por toda Latinoamérica.

Una hamburguesa puede ser:

dos cortinas de terciopelo rojo entreabiertas y la silueta a contraluz de una madre fumando a las nueve de la mañana en medio

dos ollas con guisos hirviendo y un sabor a sangre en las encías en medio

dos insomnios con la alarma de un auto en medio

La palabra hamburguesa
está vacía,
provoca un hueco en las sinapsis neuronales
parecido a una burbuja de aire
en el flujo sanguíneo.

 

Jorge Sosa (1981). Miembro fundador del colectivo de arte multimedia Los KFGC. Autor de los libros Yoghurt con cenizas (Liliputienses, 2020), It was a dark and stormy night ( Pitzilein Books) y Pony (Liliputienses, 2020).

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