Una caricia violenta es la vida

 

por Izhar León

 

Pienso que todo arte es una suerte de declaración, y que toda declaración es, en parte, política.

   Escribir un libro, que bien pueda llamarse Que parezca un accidente, Mentiras que no te conté, o, como en este caso, Llorar de fiesta, y tener la fortuna de publicarlo (en el sentido elemental de la palabra), constituye un acto público. Y este, dentro de sus características, implica un juicio; en el caso particular de un libro, el juicio del lector.

     Pienso, también, que toda obra opera en dos ejes: el disfrute y el pensamiento crítico. Si una obra, hoy los relatos de Elma Correa, no es disfrutada, entendiendo que la lectura es una de las formas de la felicidad (la frase es de Borges), entonces falla en su deber primero. Por supuesto que esto depende de la subjetividad de cada uno, de la sensibilidad que cada persona tenga desarrollada; no por ello deja de ser importante: retomo aquí el principio del placer: si no gozo de algo, ¿por qué perseguirlo? Y es entonces cuando el lector está en condiciones de entrar, firmemente, al pensamiento crítico que propone la obra: contra las escuelas literarias y sus estéticas, contra las estructuras de poder, contra algunas costumbres y contra lo que fuere que el autor se proponga.

    Llorar de fiesta domina esos dos ejes (como los textos bien trabajados). Pero antes de abordar los cuentos en sí, quisiera detenerme en el título bajo el cual están reunidos. Llorar de fiesta, llorar y fiesta, llorar de fiesta en fiesta. Una fiesta es, de cualquier modo, una celebración: un cumpleaños, la Navidad, el día de las madres, el fin de un curso, el ansiado fin de semana, cualquier cosa. Es apreciable entonces que toda celebración implica también un carácter cíclico y cierta tradición. Me aventuro a decir que la tradición sobre la cual narra Elma Correa no es otra sino la misma tradición de vivir, la que se gesta y renueva día con día: esta es la fiesta de la vida. Por otra parte, llorar es una experiencia común a los seres humanos. De todas formas, remarco: lloramos cuando nos sentimos sobrepasados, lo que sería igual a decir que lloramos cuando no encajamos con la realidad que vivimos. El título, la autora, nos habla con claridad poética: llorar de fiesta, llorar en una tradición que no es para nosotros.

    Elma Correa lo sabe mejor que nadie, y así lo plasma en sus doce relatos. Basta reparar en su prosa: acción pura, actos. Va de un verbo al otro manteniendo al lector (manteniéndonos) en el filo de la palabra, a la espera de lo que viene. Como la vida misma: un no parar, y es uno de los elementos que le permiten a la autora la representación de los tiempos presentes. ¿No es verdad, acaso, que la vida de hoy toma como un mantra aquel eslogan: Just Do It?

Otro elemento serían las pequeñas dosis de confortación. No es extraño que los personajes, que se nos presentan en una realidad en la que no se sienten satisfechos, constantemente rememoren un pasado en el que, quizá, pudieron ser más dichosos; que se planteen líneas del tiempo que nunca existirán o que reciban un instante parecido a la fortuna para pronto desaparecer. Una mujer que encuentra la fraternidad y el respaldo de otras mujeres en medio de una pelea durante una fiesta de Halloween, una adolescente perdidamente enamorada, mujeres indocumentadas en Estados Unidos que encuentran placer en prepararse comida típica de sus países, mujeres drogadictas que piensan que, si su vida fuera diferente, ayudarían a sus familias, o, mi favorito, el recuerdo de unos gatos que da pie a una nueva amistad. Oasis, anclas o luz, estas dosis contrastan perfectamente con la realidad que quiere retratar Elma Correa, e incluso incrementan su efecto de sociedad sin rumbo y decadente.

La referencia que antes he hecho a Nike no es arbitraria. Los cuentos también están repletos de referencias a la cultura popular, que son otro de los reflejos. Desde Britney Spears hasta Daft Punk, el mundo queda reflejado; pero no cualquiera, sino el particular de los millenials y los gen z. A estas referencias también deben sumarse, como fenómenos ligados a la juventud, las menciones a los brebajes preparados con ron, tequila y ayahuasca, los habituales porros, los raves orgiásticos, los aliades, los retiros para embarazadas donde se practican el free bleeding y el consumo de drogas o el alcohol antes de la mayoría de edad. Pormenores, pues, que podrían infartar a cualquier purista de la literatura, anticuado y viejo.

Con dominio, y una idea precisa, Elma Correa urde sus cuentos. Sus personajes habitan una fiesta irremediable de la que no pueden escapar (ninguno de ellos se suicida). Recuerdo ahora Según venga el juego, una novela de Joan Didion: sé lo que significa «nada», y sigo jugando. Tal vez los personajes de estos cuentos no sepan precisamente el significado de esa «nada», pero sí que la experimentan con todo el cuerpo: Elma Correa nos dice que lo único que queda es seguir bailando, a pesar de que la música nos truene los oídos y una lágrima nos brote de los ojos.

    Esta es la declaración de Elma Correa, que las caricias que puede prodigar la vida, esas dosis de confortación, lindan, íntimamente, con la violencia del mundo. Para terminar, me permito citar un pasaje:

   Quiso gritar y no pudo. La música aceleraba y parecía sonar más y más fuerte y los cuerpecitos sin vida, flácidos y tersos, trepidaban. Eva sintió que la llenaba una tristeza muy honda y muy pura. Imaginó el aliento caliente de Jessica en su cuello y supo que esa tristeza era para siempre. Que esa tristeza era su hogar.

Izhar León (Chiapas, 2004) es estudiante de Lengua y literatura en la UNACH. Textos suyos han sido publicados en las revistas digitales Carruaje de Pájaros y Sputnik.

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