Ruleta rusa

 

 

por Ana Fuente

 

 

—Ajá. Mhm. Ajá. Mhm. Ajá. Mhhhhmmmmm…. Qué interesante. No te muevas, chiquitín, ya casi. Ajá. Mmmhhhhhhmmmmm. Ahí está. Sí, ése es. Justo ahí. Es un hoyito. ¿Lo ven?

   —Ahhh, sí. Se ve clarito —decimos al unísono.

   No vemos nada. Nadie ve nada, en realidad, más que quizá ellos. Lo que para el doctor es la nítida imagen del ultrasonido, para mí es contemplar un desierto lejano, con montañitas de tierra, una que otra meseta, algún manchón de plantas enanas y hasta ahí. En su hallazgo yo veo una nebulosa. Él observa la pantalla mientras espero ansiosa una explicación; nunca he sabido interpretar los ajás mhhms de los doctores. ¿Es bueno? ¿Es malo? ¿Es un milagro de la ciencia? ¿Es algo terrible pero a usted le permitirá publicar un artículo en una revista gringa? 

  —Mide poco menos de dos milímetros.

  ¿Dos milímetros es mucho? ¿Es poco? ¿Es grave? ¿Tiene solución? 

   —Se escucha tan fuerte, así como un trenecito, porque es pequeño. Conforme se vaya cerrando se irá escuchando más, piense en un tubito. Si la salida del tubito es pequeña, suena más y más agudo, si la salida del tubo es grande, suena menos. Es un soplo funcional interventricular, también los llamamos “inocentes”.

   Inocente es bueno, ¿no? Inocente es que no hace nada. Inocente es que va a estar bien, ¿no?

  —Me preocuparía si fuera estructural, porque entonces sí podríamos considerar que su bebé tiene un defecto cardíaco, probablemente congénito, pero ustedes dicen que en su familia no hay ningún historial de defectos congénitos cardíacos, ¿cierto?

   —Cierto.

   En realidad no lo sé. Mi abuela tuvo una falla cardíaca, pero porque tuvo fiebre aftosa de niña. Mi abuelo tuvo dos infartos, pero según entendí derivados de la diabetes. Mi hermano tiene un síncope, pero porque fue atleta. Según yo no hay ninguno. ¿Estoy segura de que no? De la familia de Jorge no sé nada. Él tampoco, si apenas recuerda el año en que nacieron sus papás cómo va a saber si hubo cualquier enfermedad.

   —Es muy común que los niños nazcan con soplos. Muchas veces ni nos enteramos y se cierran solos. Este soplo inocente es probable que se cierre solo en los primeros años de vida, no tendrá ningún problema.

  —¿Y si no?

  —Si llega a la infancia tardía sin que haya cerrado, el procedimiento es muy sencillo. Se inserta por la ingle una especie de manguerita que sube hasta el corazón y avienta algo como un chicle que sella el hoyito. Es un procedimiento ambulatorio, ni siquiera lo internaríamos. Lo único que tienen que hacer en este tiempo es monitorearlo cada seis meses con otro ecocardiograma y estar atentos a los signos de alarma.

   —¿Signos de alarma?

   Jorge a todo asiente. ¿Cómo puede no preguntar? ¿Cómo puede permanecer en silencio? ¿Cómo puede sacar su celular para revisar sus mensajes? Que viniera o no, es lo mismo. Jorge siempre tiene la cabeza en otro lado.

   —Que se le pongan los labios azules, que se canse anormalmente al correr, que respire con dificultad, que tenga problemas de crecimiento. Si no se presenta ninguno de esos síntomas, Emilio va a estar bien.

   Para cuando la consulta llega a su fin, he terminado de vestirlo. Estuvo tranquilo, como siempre, muy intrigado por la voz áspera del doctor y la luz blanca del consultorio. Nunca le he visto los labios azules ni ha respirado con dificultad, me digo. Lo coloco en la carriola con una sonajita en cada muñeca. Se ríe y las hace sonar más. No tiene nada, Claudia, no tiene nada.

   Al salir de las consultas con los doctores, a menudo siento que pagué por unas palmaditas en la espalda, sobre todo en los pediatras. Todo va a estar bien, siempre va a estar bien. Mucha agua, muchos líquidos, muchas frutas, muchas verduras, mucho reposo y va a estar bien. Pago porque me digan “no se preocupe, señora” y al parecer también pago porque Jorge me diga “¿ya ves? Te dije que no te estresaras”. 

   Recuerdo esa visita al doctor mientras manejo. Cada bache, cada hoyo, cada accidente en el camino me hace pensar en lo mismo: dos milímetros, treinta centímetros, un metro. ¿Qué tan grande ha de ser para entrar en la categoría de lo preocupante? Acelero. Enseguida me asalta la voz de mi papá, contundente y seria mientras yo me burlaba de su tono desesperado porque entendiera una de las cosas más relevantes que me enseñaría en la vida: tener el volante es lo mismo que sostener en la mano una pistola cargada.

   Aprendí a manejar a los dieciséis años. Empecé yendo a la escuela Intercontinental hasta que él se subió un día en el asiento del copiloto y descubrió que dejaba el embrague adentro. ¿Qué chingados haces manejando como taxista? ¿Lo quieres desclochar en un mes? Me dijo que los espejos estaban mal acomodados y que “todo lo que había aprendido en esa escuelucha eran puras pendejadas”. Sus lecciones empezaron desde el principio: salíamos sábados y domingos en la mañana a dar vueltas cerca de la casa o a pasear por el periférico; entre semana yo manejaba hasta la prepa, me dejaba y de ahí se iba a trabajar. Cuando me dijo que el coche era letal se me salieron las carcajadas. 

   —Cálmala, pa, tampoco es pa tanto. 

  —¿No es pa’ tanto? ¿Tú no ves cómo se mata la gente en los accidentes? ¿No entiendes cómo puedes joderle la vida a alguien porque te distrajiste y lo atropellaste? A lo mejor lo dejaste en silla de ruedas, a lo mejor matas a una embarazada, a lo mejor matas a un niño. Te volteas a ver cualquier otra cosa, pierdes el control y a alguien le destrozas la existencia, o a lo mejor hasta la tuya. Terminas en la cárcel o arrastras un remordimiento horrible por el resto de tus días. ¿Exagero? ¿No es pa’ tanto? Hasta que no te des cuenta de que esto es un arma con todo y balas, no te voy a soltar el coche. 

  Le tomó mucho tiempo confiar en que yo había entendido las implicaciones de mover un armatoste de más de una tonelada. Pasé más exámenes de manejo con él que para obtener la licencia hasta que finalmente cedió, aunque también abonó mucho que yo empezara a ir a la universidad y nuestros horarios y rutas fueran muy diferentes. A partir de entonces, recorrer grandes distancias se volvió un placer para mí: ires y venires, la velocidad, la música, los paisajes, todo. Mis amigos se quejaban de tener que conducir cuando yo buscaba pretextos para hacerlo: llevé a mis compañeros, a mis amigas, a mis novios, a mi mamá, pero nunca a mi padre. Odiaba estar a prueba permanentemente y sólo a él le cedía el volante. 

  Cuando conocí a Jorge, descubrí que le incomodaba un poco que me pareciera tan natural ocupar el asiento del piloto. El volante es una masculinidad que nunca he terminado de comprender, ni esa dinámica en la que por definición la mujer ocupa el asiento de la derecha y se limita a expresiones como “no te pelees” y “vas muy rápido”. No era mi papel. A Jorge le tomó un tiempo convivir con mi personalidad, cada tanto me hacía la broma sobre la caricatura en la que Tribilín se transforma en un monstruo cada vez que se sube al coche y a mí me parecía muy simpático porque en aquel entonces no entendía que eran los primeros atisbos de su exigencia encubierta de que me calmara, que fuera más mesurada, que —en mis propias palabras— sería bueno que me corriera atole por las venas, como a él. 

  En aquel entonces yo ya trabajaba en la agencia de viajes. Desde el inicio lo pensé como un trabajo temporal que me permitiría ahorrar para irme a vivir a otro lado, poner un restaurante de comida mexicana, ser dueña de mis propios horarios. Poco calcula uno de la vida cuando conoce a un Ingeniero en Sistemas en una fiesta, cuando decide aceptar un café al día siguiente porque le parece simpático, cuando acepta otra salida al cine porque es buen tipo, cuando accede a invitarlo a su casa porque es atractivo aunque no pare el tráfico, cuando transcurren una noche tras otra y se acostumbra a esa persona con la que se siente tan cómodo, como si lo conociera de toda la vida. Jorge fue una decisión, no un enamoramiento: poco a poco fue convirtiéndose en un hábito –en uno agradable- pero nunca me revolví de celos cuando habló con otra, ni me pregunté dónde carajos estaba cuando no me contestaba el teléfono, ni creí que fuera tan guapo que todas quisieran acostarse con él a la menor provocación. Nunca tuve que sacarlo de una fiesta ahogado de borracho, ni nos detuvieron por tener sexo en la vía pública; nunca tuvo que cuidarme una noche de pasón ni hicimos ningún pacto de no consumir nada durante un mes; nunca nos separamos y nos reconciliamos el mismo día; nunca nos preguntamos cómo pagaríamos la renta del mes siguiente, nunca nos dijimos que nos odiábamos ni deseamos vernos muertos antes que vernos con otro. Jorge fue el fin de una agotadora y muy agitada era de excesos porque llegó a mí, tan sereno y parsimonioso, para aportar todas las seguridades que yo no conocía.

  Le gustaba evitar la confrontación. Cedía con facilidad a todo aquello que podía ser el origen de un pleito: cuando se acercaba mi tempestad, guardaba silencio. Me observaba alcanzar hasta la cúspide de mi explosión y yo sola tenía que volver en mí. Durante muchos años resolvió todo abrazándome y pidiéndome perdón aunque ninguno de los dos entendiera por qué. Creí haber encontrado el Santo Grial de las relaciones hasta que nació Emilio.

  Empezamos a vivir juntos porque los dueños me pidieron el departamento que rentaba para prestárselo a su sobrino. Jorge me invitó a vivir con él porque para ambos implicaba tener menos gastos y disfrutábamos pasar el tiempo juntos, así que lo vimos como una decisión natural. Dudo mucho que sus aspiraciones fueran pasar el resto de su vida conmigo, como tampoco eran las mías. La llegada de Emilio nos tomó por sorpresa: cuando supimos que venía en camino, quisimos ser padres. Las piezas se fueron acomodando –algunas más chuecas que otras- como un vertiginoso juego de Tetris, pero aunque creamos dominar la partida, a todos nos llega el game over.

  Jorge también rehuía el conflicto con Emilio. Si hacía berrinches, si se portaba mal, si a los dos años me desquiciaban su necedad y sus manías, él simplemente encontraba una ocupación en otro lado que nunca incluía corregir, educar, regañar o castigar a su hijo. Cuando se lo reclamé, se disculpó conmigo por ser tan blando y por no saber lidiar con un niño chiquito, pero siguió sin atreverse a sancionarlo. Colaboraba mucho en las tareas del hogar, pero la crianza estaba en mis manos “porque yo era más capaz de hacerlo”. Yo era más capaz de todo, según él, lo cual lo eximía de resolver la situación que fuera: las llamadas del banco, una multa vial injusta, un mal cobro en un restaurante, una estafa en el recibo de luz y, por supuesto, un zafarrancho de Emilio. El tiempo amasó durante cuatro años un hartazgo que cargué en la boca del estómago hasta que salió hoy en la forma de un sonoro “quítate, pendejo” mientras le arrebataba las llaves y me subía al carro. Él ocupó el asiento trasero con Emilio. 

   Empujo hasta el fondo el acelerador con el pie derecho. Frente a mí se abre el paisaje boscoso de la carretera, bañado de sol gracias a un cielo anormalmente despejado. Era el día perfecto para venir a la Marquesa, sí. No fue una mala idea, no podíamos saberlo. Esquivo tráileres y coches en una de las autopistas más transitadas del país: pie izquierdo en el clutch, velocidad abajo; pie izquierdo en el clutch, velocidad arriba, pie derecho en el acelerador. Escucho el rugido de las revoluciones al insertarme como puedo en los breves espacios que se forman entre los otros vehículos. Mentadas de madre flotan alrededor, sé que van dirigidas a mí. Reconozco que tienen razón: yo haría lo mismo. Entre el concierto de cláxones, suena la lejana voz de Jorge que me pide que vaya más despacio, que no maneje como loca porque nos voy a matar.

   Ay, Jorge. Tan en la medianía siempre, tan ingenuo para la adversidad. Como cuando nació Emilio y tú aceptaste que nos programaran la cesárea a pesar de que yo peleaba por un parto natural; como cuando autorizaste que su primer alimento fuera un biberón con fórmula aunque yo estaba lista para darle pecho; como cuando accediste a que se hiciera la voluntad de los doctores por encima de la mía y atravesaron a mi bebé recién nacido con una sonda del recto a la boca. Qué tarde intentas despertar de tu letargo, Jorge, qué tarde es ya.

  Entre las líneas discontinuas y los fantasmas del pavimento veo los ojos de Emilio abrirse por primera vez. El color rojizo de su hernia en el ombligo que parecía botón de juguete. Su primer aguacate, su primer plátano, su primer brócoli crudo. La vez que se comió las croquetas del gato. Sus primeros pasitos torpes que terminaban en un sentón amortiguado por el pañal. Las noches insomnes para mí y febriles para él que sólo mejoraban cuando lo arrullaba durante horas en la mecedora. La forma de golpearse el pecho cuando imitaba al gorila. El miedo irracional e incomprensible que le provocaban los caracoles, pero lo cómodo que se sentía viendo serpientes y cocodrilos. Su olor. El olor de mi Emilio al despertar. 

  Jorge insiste en que no maneje así. Así cómo, le respondo, antes de ver en el espejo retrovisor su rostro lleno de lágrimas. Nunca lo había visto llorar, pensé que de eso también era incapaz. Si éste fuera cualquier otro día, tal vez me sentiría conmovida.

   —Así como para que tengamos un accidente y no logremos llegar.

   Guardo silencio, preguntándome a dónde carajos cree que vamos a llegar. Me sorprende que él todavía crea que conduzco con rumbo pero no siento enojo. No siento nada. Ni el cuerpo, ni la adrenalina, ni las ganas de romper en llanto. Soy un cascarón hueco que hoy se quedó sin esencia, que se vació por completo en el instante en que vio su torpe cuerpecito desplomarse de esa manera. Ni siquiera metió las manos. Corría tras una pelota gritando que iba a ser gol cuando todo se detuvo: él, sus piernas, el tiempo, mi vida. Supe que no había marcha atrás. Ni todas las verduras, ni las frutas, ni el agua, ni el reposo ni nada de lo que me dijeron que debía hacer. Dos milímetros nos habían arrebatado todo.

  En cada curva, en cada rebase, siento el metal frío del gatillo bajo mi dedo índice y me imagino jalándolo en esta ruleta rusa que terminará en lo que terminan todas. Mi pie no se despega del acelerador mientras la voz entrecortada de Jorge me da instrucciones tan audibles como ignoradas sobre la dirección que debo seguir para llegar al hospital. Lo veo aferrarse al pequeño y lánguido torso de Emilio, cuyos brazos caen inertes a los lados, y me asalta de súbito una dolorosa lista de lo que se acabó: los abrazos, las carreras, los brincos, las agujetas desamarradas, las caídas aparatosas, los miedos nocturnos, las palabras mal pronunciadas, nuestras siestas de media tarde. 

   —Qué caso tiene llegar, Jorge. Qué caso tiene ya.

 

 

Ana Fuente Montes de Oca (1984). Estudió la licenciatura en Lenguas y Literaturas Hispánicas en la UNAM (2003-2008). Participó en los talleres del maestro Guillermo Samperio y en el taller de relato breve Fuentetaja, escritura creativa con sede en Madrid, España. Es colaboradora regular de La Peste y lo fue de la revista en línea Coma Suspensivos. Ha publicado cuentos en las revistas Punto de Partida, Diez Cuatro y Síncope. Fue beneficiaria del apoyo Jóvenes Creadores del FONCA en el periodo 2015-2016. Su primer libro Chicharrón de oso y algunos cuentos del fracaso fue publicado por el Fondo Editorial Tierra Adentro en 2018. En el 2019 ganó el  Premio Dolores Castro de Narrativa por La ley Campoamor.

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