La roca es siempre una roca

 


Cómo reconocer una roca de imitación

I.

Una roca de imitación es siempre extravagante. Su forma es resultado del modelado de la psicología antes que de la erosión de agentes externos como el viento o el agua. La voluptuosidad corpórea de las imitaciones se cimienta en las expectativas exageradas de quienes las admiran y quienes las proyectan, que son, en definitiva, las mismas personas, y tienen su reverso recíproco, en los miedos desproporcionados que se espesan con el tiempo. La roca verdadera, es decir, la mineral, por consiguiente, nunca está a la altura de satisfacer esos deseos trascendentales y destructivos. Hay algo de tragedia en la imitación, de drama no consumado. Su elocuencia predispone a la alegoría. La manufactura es calculada y reservada a la apreciación distante. De cerca y al tacto, las superficies se alternan cóncavas y convexas tan lisas, como lo permite la rugosidad de la mezcla y la mano del albañil, que, en contados casos, se evidencia el efecto tobogán en cuerpos que al trepar resbalan. En estas superficies sensuales sin grandes accidentes se juega la vanidad del artesano. Empero, la ausencia de imperfecciones es una obvia imperfección a los ojos de un original de naturaleza.

II.

La roca es siempre una roca. Una roca no está hecha de polvo de roca. Y basta con hacer la prueba de la masa. De un golpe certero, la roca se divide, según la violencia ejercida, en una cierta cantidad de rocas de menor tamaño. Todas son rocas. Todas guardan el secreto del origen del universo. Sometida al mismo procedimiento, una parte de la imitación se desmigaja en fragmentos caprichosos, incluso, en polvo. En ese desgrane se intuye la obstinación del humano. La analogía es la de un trozo de carne y una albóndiga.

Dignidad de las rocas

I.

Por siglos solo se han proferido injustas afirmaciones sobre la dignidad de las rocas. Repertorios solemnes en los cuales las rocas se acomodan a las circunstancias que les toca, con la sabiduría que supone permanecer cuando todo lo demás que las rodea ha mutado. Cualidad pétrea, coreada en demasía por muchos y vuelta, sin el sustento de una versatilidad poetizada, en una idea magmática inadmisible de objeción por andamiajes que no fuesen los de una ciencia sin vuelo. Por cierto, léxicos con voluntad férrea de materialidad, supieron acometer desde los cantos del pensamiento contra aquellos dominios exclusivos de los claustros. Miradas transtemporales que acreditan deslizamientos imperceptibles, fricciones consumadas en coitos que se prolongan tántricos entre eras, y actualizaciones periódicas que asumen en manos de confeccionistas igualmente sempiternos el desgaste a la moda.

II.

La dignidad de las rocas fabricadas es una dignidad prestada. Restituidas como rocas en un proceso azaroso que comienza en las canteras. Los ejemplares fabricados, estuvieron iluminados por aspiraciones terrenales y una historicidad estrecha como la humana. Dicho sea, hablar de terrenales resulta al menos excesivo confrontado a cuerpos minerales de asentaderas de larga cronología en la Tierra. Empero, los hacedores de estas copias pugnaban por un arte que sublimara la culpa en homenaje a esa parte de la naturaleza que equivale a principio, y que, descansada o escapada como un puño de su mismo plexo, aguarda el fin con innegable entereza.

Fotografía de Alicia Tsuchiya

Hernán Sagristá (Buenos Aires, 1974) Es Licenciado en Publicidad. Publicó: Mundos efervescentes (Ediciones en Danza, 2017) y Saint Elmo (Huesos de Jibia, 2019). Esta selección de poemas se desprende del más reciente libro de Hernán Sagristá, Falso inanimado (Barnacle, 2021).

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