Escuchar a John

por Asael Arroyo Re

 

I

 

Ayer googleé en mi celular «¿Por qué los artistas plásticos escriben mal?» y tomé una captura de pantalla que subí como historia a mis redes sociales. Recibí cinco corazones y cuatro caritas sonrientes y una amiga me mandó un gif en el que Alfred, el mayordomo de Bruce Wayne —Batman—, le dice: “Algunas personas sólo quieren ver el mundo arder”. Mi amiga se equivocaba: sólo quiero entender el texto de sala de una exposición.

 Cuando estoy de frente a una pared con diez párrafos lustrosos en los que se habla del origen primigenio de las ideas del artista en cuestión, de la identidad colectiva a la que apela su obra, de su fuerza contrahegemónica, todo con astutos corchetes y paréntesis deconstructores, me pregunto: ¿se puede ser alguien no tan listo y entender de arte? ¿Se puede andar por la vida sin haber leído a Walter Benjamin y entrar con la frente en alto a un museo?

 

II

 

En febrero del 2006 en algún lugar de ese territorio soleado llamado Arizona, Bryan Garner, un abogado, entrevistó a David Foster Wallace, un escritor. El encuentro se dio por una mutua obsesión con el lenguaje. Wallace había escrito unos meses antes una reseña elogiosa del diccionario de uso recién publicado por Garner. En esta conversación, lejos de cuestionarse por problemas filosóficos del lenguaje, se preguntaban por qué, cuando escribimos, tendemos a complicarnos. Garner le preguntaba específicamente a Wallace sobre el mundo académico. Wallace respondió:

«Las disciplinas que están pobladas por personas inteligentes y bien educadas que son buenos lectores pero que se caracterizan por una prosa  abstracta, suelen ser parte de una disciplina en la que la escritura como una forma de obtener información u opinión de mí para ti, se descarta. Escribir se vuelve  una forma de vestir, hablar, un estilo, una  etiqueta que indica: “Soy un miembro de este grupo”.

 En muchas comunidades estrechas e insulares, los escritos se vuelven más sobre la presentación de las propias calificaciones para la inclusión en el grupo que la transmisión de sentido. Y así es como en mundos como el académico, se piensa que si un miembro no puede imitar la jerga y el estilo particular de sus compañeros, no será tomado en serio y sus ideas no serán tomadas en serio».

 Hace unos meses leí un artículo en El País, el tema era Woody Allen y ese humor tan neoyorquino y sofisticado. El autor se preguntaba por el tartamudeo incesante de cada uno de los personajes interpretados por Allen. ¿Qué detenía a Allen de, por una vez en la vida, estar tranquilo y dejar de presentarse como un neurótico? Tal vez, explicaba el autor, la neurosis y el tartamudeo de Allen no nacían de un temor existencial a no ser entendido, sino a ser entendido y descubrir que lo que siempre ha habido detrás de la máscara es la cara de un tipo inseguro.

 Moraleja: hay que arriesgarnos a ser entendidos.

III

Dar un taller de escritura en el que lees a alguien semana tras semana y continúas con un proceso de edición que puede durar meses termina por ser un proceso íntimo. No quiero decir que conozca los secretos de quienes asisten, ni siquiera que necesariamente nos volvamos amigos. Pero sí me familiarizo con su forma de pensar. Más que su postura política o su color favorito, me refiero a su proceso de composición: la extensión de sus oraciones, los adjetivos que utilizan para describir un auto o un mechón de pelo, las decisiones que toman para iniciar y acabar un párrafo, las lecturas que los emocionan o los aburren.

  Estoy convencido de que lo menos importante de escribir es saber colocar una coma o un acento o tener un gran vocabulario; eso, con el tiempo, se aprende. En cambio, la capacidad de mostrar cuál es tu experiencia como ser humano en el mundo es menos sencillo. Por eso, de los procesos que he tenido con quienes asisten al taller, me han impresionado especialmente los de dos artistas plásticas: Esther Gámez y Roxana Alvarado. Con ellas todo ha sido al revés. Su mundo estuvo ahí desde el primer día. Colocar una coma, no.

IV

 

En el proceso de edición de “Una maraña verde y purulenta” Roxana me contaba historias de El Roble que no estaban en el texto, como si fueran anécdotas excesivamente cotidianas que no merecían ser escritas. Le decía: Roxana, por favor, eso tiene que venir en el texto. Quería transmitirle que lo importante no es definir qué sí es literatura y qué no, sino cómo volver literatura lo que sea que estés pensando. Ahora, escuchamos a John.

 Cuando leo a Roxana pienso que carga con un proyector, un proyector como el que inventaron los hermanos Lumière al que se le debía girar una manivela para transmitir imágenes. En un texto aún no abierto al público, Roxana describe un paseo en auto con una amiga así: «El día está nublado y frío, pero en su chamarra negra rebotan reflejos naranjas dos tonos menos chillones que su cara, su cara y sus manos delgadas sobre el volante fluorescen teñidas por el sol del sur. Antes de irnos tomamos unas fotos: el esqueleto de un tipi en construcción, un potrillo pinto con su mamá pastando, una foto de Sara en la que toma una foto»Cuando describe el cuarto de esta misma amiga, dice: «En su pared cuelgan piezas monocromáticas de artistas emergentes locales; en su sala, bajo una lámpara de luz naranja, una escultura de cerámica de una mosca con la trompa pegada al piso; una mesa que hizo con ladrillos sobrepuestos donde hay piezas de comunidades nativas de la región; ollitas de barro cocidas en raku con el rastro del fuego tatuado en la superficie por su cocción a la leña, un florero con flor de nube».

  Quizá sólo hacía falta que alguien le dijera a Roxana: «Mira, si a esta palanquita que tienes acá le das vuelta, un mundo se va a mover».

Asael Arroyo Re (Ensenada, 1990) es licenciado en la carrera de Derechos Humanos y Gestión de Paz, por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Dirige y edita la revista digital El Septentrión. Ganó el Premio Estatal de Literatura de Baja California 2016, en el rubro de Periodismo Cultural. Fue becario del PECDA en el 2020 y es maestro en Antropología Social, por el CIESAS. Actualmente, da talleres de escritura de no ficción.

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