por Ana Denise Re
Volamos de la Ciudad de México a Tijuana en el verano de 1974 mi mamá, mi hermana y yo. La meta era llegar a Ensenada. Yo lo había decidido tiempo atrás, pero ellas sólo habían tenido dos semanas para hacerse a la idea de este viaje. Mi mamá nos apoyaría hasta instalarnos y regresaría a su trabajo.
Durante el vuelo de cuatro horas comimos en charolas personales, un huevo revuelto en cajita cubierta con aluminio. Eran otros tiempos. Recuerdo que casi al aterrizar en Tijuana vimos grandes áreas de viviendas apiñadas.
—Ensenada es un pequeño puerto —dijo mi mamá—, verán que es muy bonito.
Mi hermana y yo nos vimos con incredulidad.
—Las penas con pan son menos —dijo mi hermana y mordió su pan.
Mi madre rentó un auto Ford para llegar a Ensenada y tomamos la carretera escénica, cuya vista del océano me deslumbró. Cerca de La Misión, un área a la mitad del camino, nos detuvimos abruptamente. Salía humo del cofre y al levantarlo aparecían llamas. Nos echamos a correr, alejándonos del fuego, pero mi mamá con un grito nos paró en seco:
—¡Deténganse! ¡Regresen, hay que echarle tierra para que se apague!
Buscamos en el acotamiento y encontramos arena suelta. Con las manos empezamos a recogerla, rociamos el área en llamas y al cabo de varios puños de arena se apagó, aunque seguía caliente y todavía salía humo.
Apenas habíamos apagado el fuego, un hombre se estacionó delante de nuestro Ford y bajó de su camioneta. Era alto, afable y con bigote.
—Van a necesitar un mecánico —nos dijo—, no podrán echarlo a andar; de plano, cierren el carro, al llegar lo reportamos. Soy el Lic. Arturo Roncaglia. —Y extendió su mano.
Mi mamá la estrechó y nos acercamos a él. De inmediato nos ayudó con las maletas, pusimos todo en su cajuela y nos subimos a su camioneta.
Nos acomodamos y en el camino nos preguntó:
—¿De dónde vienen?, ¿por qué nos visitan?
Le contamos que acabamos de llegar y que yo venía a estudiar, que en unos días haría el examen de admisión a la Escuela de Ciencias Marinas.
—Conozco a mucha gente que puede darles información. En la oficina del señor Appel ponen anuncios de renta de departamentos, a él le pueden preguntar. Mientras tanto, les recomiendo que se alojen en algún hotel en la calle Primera.
*
Seguimos su recomendación y nos alojamos en el Hotel Bahía, ubicado entre la calle Primera y el Boulevard costero. Después de desempacar, empezamos a conocer Ensenada. Sólo había un edificio, que era de diez plantas: el Hotel Villa Marina; destacaba de todas las demás construcciones estilo californiano, eran de un piso y de madera, de colores azules y blancos, se notaba de inmediato la influencia de Estados Unidos. A sólo un par de cuadras las tiendas ofrecían productos europeos, ropa inglesa, sacos y suéteres de cashmere, mascadas italianas, porcelana Lladró y perfumería francesa. Predominaba el uso de ambas monedas, te preguntaban “¿En dólares o en plata?”.
Al día siguiente el Lic. Roncaglia nos buscó, como había ofrecido. Nos prestó un Hornet verde y nos dio un mapa.
Las calles estaban enumeradas y bien trazadas. Nos llamó la atención que no tenía malecón, casi todos los puertos tienen esa zona que te permite ver de cerca el mar, aquí la zona de astilleros ocupaba la bahía, demostrando su vocación pesquera. No se veía ninguna playa cercana para el turista.
Me concentré en el proceso de admisión para entrar a la escuela. Faltaban tres días para presentar el examen. Al no haber estudiado aquí, no sabía qué esperar, no tenía a quién preguntarle. Tenía dudas sobre si lo que había estudiado estaría incluido en el examen. A mi mente llegaban las imágenes de mis últimos días antes de venir a Baja California: la facultad de Ciencias de la UNAM, donde había ya iniciado la carrera de Biología; el edificio del IMSS, donde trabajé como agente de Información; el departamento de la Condesa con sus enredaderas y estilo inglés.
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A los pocos días, recibimos una noticia del licenciado Roncaglia, nos ofrecía un departamento a una cuadra del Hotel San Nicolas, ubicado en una glorieta cerca del mar. Al abrir la puerta del departamento, me sentí confiada de vivir sola con mis hermanos. Se acercaba el momento en que mi mamá tendría que volver a su trabajo en el D.F. Cuando mi hermano llegó, nos dirigimos a buscar un carro y conseguimos uno usado a buen precio, le pusimos de nombre “El Jefferson”, era de un color verde pálido, automático y amplio. Mi mamá nos dio a cada uno lecciones básicas de manejo. Compramos tres catres nuevos, cobijas, almohadas y un pequeño comedor; teníamos lo básico para nuestra nueva casa, todo lo conseguimos en Los Globos, un tianguis de mercancía de segunda mano traída de Estados Unidos. Mi mamá partió de vuelta al D.F.
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—Jóvenes —nos dijo la encargada de aplicar el examen—, tienen tres horas, el examen tiene cuatro secciones, se les indicará el momento de iniciar.
Me sentí tiesa en la silla con los dedos agarrotados apretando el lápiz antes de romper el sello, pero tras dos horas terminé a tiempo y respondí las preguntas sin dificultad.
Al finalizar el examen pude apreciar la explanada donde estaba la escuela: el terreno carecía de vegetación, sólo unos escasos arbustos, yucas y suculentas típicos de una zona semidesértica, el edificio principal con una entrada opuesta al mar, y un patio central que daba a las oficinas y a la biblioteca. A unos metros más abajo, una extensa playa rocosa, era imposible no asombrarme de que iba a poder ver todos los días el mar. El edificio donde tomaría las clases estaba paralelo al mar, con un largo balcón. Allí dentro de las aulas había amplias ventanas por donde se escuchaba y veía el oleaje, y en la amplia bahía se recortaba en el horizonte la isla de Todos Santos.
Cerca de la biblioteca, escuché hablar a unos estudiantes que habían hecho también el examen de admisión, reconocí el acento de la capital y me acerqué. Tres de ellos estaban vestidos de manera muy similar: camisa de manga larga y pantalones Topeka, una tela que imitaba la mezclilla, tenis Canadá y barba, bigote y pelo largo, echado hacia atrás con una coleta. El cuarto estaba vestido más conservador, con camisa y pantalón de gabardina. Les pregunté cómo les fue en el examen.
—Nos fue bien, pero la sección de cálculo estuvo difícil, ¿y a ti?
Me contaron que tenían apenas una semana aquí, que ya tenían un departamento reservado en la calle Ruiz. Octavio y Ulises eran hermanos, de “La Roma”, una colonia en el D.F. Octavio era el de mayor de edad y también el más corpulento, sonreía y se alisaba la barba, aunque no era tan expresivo. Ulises, más extrovertido, rápidamente me estrechó la mano. Después los otros dos se presentaron, Federico venía de Querétaro y Ernesto de Puebla.
Todos volteamos al ver que muchos estudiantes se encaminaban a la Dirección, se arremolinaban en la entrada y varios coreaban: “¡Tenemos derecho! ¡Tenemos derecho!”.
Los gritos salían de un grupo de más de setenta estudiantes molestos, traían cartulinas con frases pintadas en rojo y negro dirigidas a la dirección de la escuela y a la Rectoría:
—Tenemos derecho a un lugar, somos bajacalifornianos —decían y alzaban los brazos con sus puños cerrados—. Estamos hartos de tener pocas escuelas y carreras. Tenemos derecho a ser aceptados en la única carrera local.
Querían estudiar en Ensenada y no tener que irse a Guadalajara o al D.F., porque las familias tenían que hacer un esfuerzo económico para enviar a sus hijos a estudiar.
Quedé con mis nuevos amigos para juntarnos en las “Tortas Ringo”, ubicadas en la calle Ruiz, donde había siempre música de los Beatles. Comentamos que necesitábamos saber cuándo aparecerían las listas.
—Si les dan los lugares a los estudiantes locales no habrá lugar para nosotros —puntualizó Octavio.
Nadie quería decir lo que pasaría si no obteníamos un lugar.
Tres días después, apareció un comunicado de la Rectoría de la UABC: informaba que aceptaba las peticiones de los estudiantes y la designación del 90% de los lugares para los del estado de Baja California.
*
La semana siguiente, nos volvimos a encontrar, los resultados aparecieron en hojas pegadas a los cristales de las oficinas de la dirección. Recorrí las listas, mi nombre no estaba, los de mis nuevos amigos tampoco.
Hubo un largo silencio.
Ernesto dijo:
—Ahora qué haremos, regresarnos es imposible.
Ulises agregó:
—No esperábamos esta situación.
Yo tampoco quería regresar al D.F., a todos nos había costado estar aquí. Mis hermanos acababan de inscribirse en la preparatoria. No sabía cómo darle la noticia a mi mamá, habíamos gastado nuestros ahorros en venirnos. Si no tenía un lugar en la carrera, me tendría que regresar a trabajar al IMSS.
Los padres de Ernesto fueron determinantes y lo obligaron a regresar. Los demás estábamos en el limbo: Octavio y Ulises tenían una guitarra y una flauta y empezaron a tocar en un restaurante; Ernesto consiguió un empleo en una farmacia, haciendo entregas; y yo de cajera en un puesto de tacos que había abierto una vecina.
Pasó el verano y las clases estaban por comenzar. Yo estaba presionada por mi mamá, que me pedía que regresara, pero mis hermanos, que estaban ya inscritos en la escuela, querían quedarse. Pero no estaba dispuesta a claudicar, iba a demostrar que desde la secundaria había soñado con la oceanografía, que había declinado la carrera de Biología de la UNAM por ésta, que estaba dispuesta a arriesgar un semestre para probar que estaba al nivel de cualquiera de los que aceptaron, que desde niña coleccionaba cada cosa que encontrara de Jacques Cousteau, que si bien no era local, era mexicana con los mismos derechos de recibir esta oportunidad, y que, por encima de todo, estaban cometiendo una injusticia en favor de alumnos que no hicieron examen, ni habían probado tener la vocación.
Me encontré con Ulises un día antes de que iniciaran las clases y le dije que teníamos que asistir sin falta y no retirarnos de la escuela hasta ser recibidos por el director de la escuela.
Al día siguiente, nos dirigimos a la oficina del Director, y solicitamos ser escuchados por él. Su secretaria nos pidió paciencia, que estaba muy ocupado, pasaron tres horas y ella se ofreció a interceder, que le explicáramos qué queríamos, Octavio habló por todos, dijo que queríamos tomar clases como oyentes.
—Nunca ha habido la categoría de oyentes —nos dijo la secretaria—, pero pueden tratar. No veo por qué no, sólo que tendrán que estar tomando clases en los dos turnos, mañana y tarde, donde haya lugar o que el profesor los acepte. Eso sí, no les puedo ofrecer ningún papel.
*
Empezó el otoño, las mañanas en este pequeño puerto del Pacífico eran frías, el viento estaba siempre presente, lo sentíamos en la cara y en las manos. Ahora Ulises y Octavio pasaban muy temprano por mí, cada día desde hace ya varias semanas para irnos juntos a la escuela. Venían en un Safari, de color azulado y en perfectas condiciones; así llegaron manejando a “La Baja” desde Ciudad de México. Nunca antes había visto un vehículo así.
Salía del departamento en la calle Estero, con su entrada empedrada que daba al mar. Con mi morral, me subía adelante. “Gracias por venir”, les decía.
Ulises metía los cambios con firmeza, su mano morena de sol agarraba la palanca y metía segunda mientras hundía el clutch. Algunas tardes, jugábamos a “las manos calientes”: nos colocábamos frente a frente y yo ponía mis manos extendidas, y él sus manos a los lados de sus rodillas. La idea era adivinar cuándo trataría de tocarme.
El viento entraba por todos lados, despeinados íbamos cantando a coro “Gracias a la vida, que me ha dado tanto… Me ha dado la vida, me ha dado la risa y me ha dado el llanto” de Mercedes Sosa.
Durante el trayecto a la escuela nos conocíamos más. Hablábamos de dónde comprar comida barata y abundante, aunque fueran frijoles y tortillas y poco guisado, soya con mole o entomatadas. Ellos vivían con otros chicos para pagar la renta y juntar el dinero para comer. Les quitaban las etiquetas a las latas, como si fuera una ruleta, y así cocinaban.
Pasaban las semanas de clases y algunos maestros y alumnos nos aceptaban compartiendo las prácticas y los microscopios. Aunque había también franca oposición de algunos alumnos locales. Un maestro estadounidense nos empezó a apoyar y a dar ánimo,
George Hemingway. Hemingway nos daba biología junto con otros maestros del instituto californiano de Scripps. Al terminar su clase nos decía:
—Sigan asistiendo, muchachos, en mi clase son bienvenidos, sé de los rumores.
Los profesores mexicanos recién egresados que nos daban clases eran muy jóvenes, pero estaban a nuestro favor:
—Ojalá los locales le echaran tantas ganas como ustedes lo hacen.
Nos enteramos de que habría una junta entre representantes estudiantiles y maestros, al final del semestre. Por fin habría una oportunidad de defender nuestro caso. Preguntamos los nombres y grados de esos representantes y uno a uno fuimos explicando nuestra situación. El presidente de la junta nos informó que se había elegido ya un día para la reunión, nuestro caso se incluiría en el orden del día.
*
La junta se hacía en el edificio que albergaba la dirección. Ese día estaba abarrotado. Se había corrido la voz de que estaba incluido nuestro caso.
Estábamos en el pasillo, cerca de la sala; Octavio y Ulises no decían nada, Federico se retorcía las manos y se estiraba el pelo. Yo estaba aterrada, quería que ya fuera otro día.
Esperábamos en un rincón, pendientes de que se tocara nuestra solicitud, la que sería el último punto de la reunión. Seguían discutiendo diversos temas y se nos hacía eterna la espera.
Por fin nos llamaron, quedamos enfrente de la mesa donde se debatía. El Dr. Hemingway tomó la palabra. Explicó nuestra situación de oyentes, de cómo habíamos trabajado, del empeño y compromiso durante estos meses.
El aula magna quedó en silencio, el secretario entregó el documento al presidente, que leyó el acta, y cada uno de nuestros nombres fue pronunciado junto con la palabra “aceptado”. Cuando escuché el mío solté el aire.♠

Ana Denise Re es originaria de la Ciudad de México. Se dirigió a Baja California para estudiar oceanología, y posteriormente ecología marina, nutrición, fisiología y educación. Es investigadora, profesora y terapeuta desde hace treinta y ocho años.
