por Denise Re
Conocí al doctor Araya en cuarto año de la carrera de oceanología, cuando estaba por elegir el tema de tesis. Araya era parte de un grupo de investigadores chilenos exiliados por el golpe de estado contra Allende. La aparición de profesores extranjeros en la escuela no era algo raro, teníamos profesores de Estados Unidos que hacían su periodo sabático y europeos que escogían Ensenada para realizar estudios especializados.
Él daba un curso de acuicultura que nunca se había ofrecido en México. Enseñaba a construir una poza y a elegir la dieta adecuada para animales como el bagre y el camarón; los ingredientes, su calidad y sus precios. Pensé que tal vez él podría ayudarme a escoger un tema para mi tesis.
Algunos días después me dirigí a su oficina, que estaba en el segundo piso, arriba del laboratorio de Acuicultura, que en ese momento no tenía más que unos cultivos de garrafón, microalgas, y nada más. Su oficina era pequeña, como la de todos los profesores. Era curioso que muchas oficinas de los edificios de la escuela daban al este y no al oeste, donde se podía ver el mar.
Toqué la puerta, lo saludé y le pregunté si podía dirigir mi tesis.
—¿En qué quieres trabajar? —me preguntó con su voz grave y continuó—: siéntate por favor.
Sus ojos eran azul claro, su cara ovalada y su piel clara. Su pelo era lacio y ligeramente largo cortado en forma natural, supe después que él mismo se lo cortaba. Traía puesto un chaleco de muchos bolsillos, como los que usan quienes van de pesca.
Le comenté que quería diseñar dietas para camarones, pero desconocía cómo crear un ambiente adecuado donde tenerlos.
Se quedó callado y se acarició la barba, dejó el cigarro reposar en un cenicero hecho de una concha de almeja Pismo.
—Bueno, en realidad yo soy experto en equinodermos; para ser exactos, en erizos de mar. Pero déjame pensar en algún tema en el que puedas trabajar. Dame un par de días y regresa.
A los dos días volví. Me contó que había ido al Mercado Negro de la ciudad y vio que vendían “jaibas”; en realidad, eran cangrejos de roca. Dijo haber caído en cuenta que nadie las había estudiado y que podrían ser un buen tema para mi tesis.
—Podrás estudiar su reproducción y sus larvas. —Sacó un bloc de notas y dibujó un esquema con varios acuarios —: harías un sistema donde les ofrecerías su alimento. ¿Qué te parece?
A partir de ese momento, nuestras reuniones serían casi a diario.
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Pasaron seis meses y el sistema empezó a tomar forma y con el tiempo empecé a conocerle un poco más. Su carácter era nervioso, impaciente y sólo cálido cuando estaba en confianza. Entonces hablábamos de su familia, de su juventud, no sólo de ciencia. Recuerdo que me impresionaban sus manos, eran fuertes, de dedos grandes. Me contó que durante su adolescencia sus padres tuvieron una granja de gallinas, y que él tenía la costumbre de presionar los huevos con los dedos en forma vertical.
Su olor era una mezcla de sudor ligero y tabaco; fumaba con bastante frecuencia. Era tímido y, en general, no le gustaba estar con mucha gente o tener que hablar públicamente.
Una vez me dijo: “Desde el exilio, cuando estoy en público, me pongo muy nervioso, me siento expuesto”. Me intrigaba saber más de su vida en Chile. Me contó que había estado preso por unos días, que allá la gente desaparecía y no volvías a saber de ellos, pero que gracias a una red de científicos internacional pudo salir del país.
Araya dirigía las tesis de otros cinco estudiantes. En la ciencia, tus directores son tus padres y los demás tesistas tus hermanos y hermanas. Los temas de tesis eran compartidos, todos nos ayudábamos a tomar muestras de agua de mar, poner alguna boya, recoger organismos, erizos, cangrejos de roca y almejas.
Salíamos al mar en una lancha Zodiac de PVC, de origen francés, con un motor fuera de borda. Mi tesis incluía describir el arte de pesca: cómo los pescadores de cangrejos ponían sus trampas, agregaban una carnada de pescado y luego recogían las trampas de madera o de alambre con los cangrejos y las volvían a cebar y devolver al mar para la captura del siguiente día. Allí yo escogía las hembras que tuvieran huevos y les pedía que si encontraban otras las cuidaran. Ellos les cortaban las tenazas y las devolvían al mar. No eran conscientes de que esos organismos morirían, ya que no podrían comer ni defenderse.
En una ocasión estábamos alimentándolos con pescado y le pasé un cangrejo bastante grande a Araya, cuando súbitamente le prensó la mano entre el pulgar y el índice. Si no hubiera tenido tanta fuerza en ese músculo le habría hecho una cortada muy profunda. Sangró pero no dijo nada.
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Trasladar animales que viven en el mar a un ambiente artificial es muy riesgoso. En 1977, no había en México un laboratorio listo para este fin, y que nuestros organismos vivieran —el éxito de nuestras tesis— dependía de su construcción. Araya nos hizo saber lo crucial de construir este laboratorio en la escuela de Ciencias Marinas, que estaba a unos metros del mar. Dibujó planos y esquemas de redes de distribución de agua e hizo los cálculos para traer agua de mar desde la Bahía de Todos Santos. Empezábamos muy temprano a trabajar, no había técnicos, sólo nosotros, los tesistas.
Aprendimos todo tipo de tareas: a cotizar y comprar material, colocar tuberías, redes de agua dulce, de mar y aire; a medir y a cortar la tubería de varios diámetros y calidad; a lijar los tubos recién cortados, por fuera y por dentro, eliminar cualquier rebaba, que luego se fuera al sistema; a saber aplicar el pegamento de PVC cristalino, con su aroma fuerte y característico, colocarlo por dentro con la brocha redonda y untarlo para que al embonar con el codo quedara perfecto; un error y habría fugas y los animales morirían.
Cuando Araya diseñó el segundo laboratorio, que ya no estaba cerca del mar, ideó la construcción de dos filtros biológicos de gran volumen para bombear agua de mar al laboratorio. Teníamos alarmas de luz y sonido para los rotrones y bombas y, si se paraba alguno, durante el día corríamos a resolver el problema; incluso si estábamos tomando clase. El ambiente de los laboratorios de acuicultura es único: el sonido que producen la combinación de agua circulando, el burbujeo constante en los estanques, los aireadores. El olor es húmedo, fresco y a sal; además, el olor que los organismos despiden: si alguno muere el olor inunda todo, por eso se requiere limpiar todos los días, no hay fines de semana o festivos, el trabajo es permanente.
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Después de dos años, me titulé. El CICESE contrató a Araya para formar un grupo de acuicultura y nos invitó a seguir en la maestría de Ecología Marina; los seguimos tres de sus antiguos alumnos. Lo teníamos más cerca porque allí él dirigía sus proyectos. Para 1982, ya habíamos construido junto a Araya los primeros tres laboratorios de acuicultura en Ensenada. Mi relación fue estrechándose y un afecto crecía como si fuera un verdadero familiar, comía con mi familia y yo trataba a su esposa e hija. Al finalizar esta etapa, me incorporé como investigadora, pero seguí siendo su alumna, nada había cambiado, trabajamos juntos otros tres años más rediseñando el laboratorio con sistemas para cangrejos de agua dulce y moluscos.
Necesitaba doctorarme, requisito imprescindible para cualquier investigadora, y el lugar más idóneo para seguir estudiando cangrejos de agua dulce era la Universidad de Luisiana. Cuando compartí con Araya mi deseo de irme a Luisiana, no fue de su agrado, se volvió un tema incómodo y su silencio y distanciamiento patente. Solicité entrar al programa de doctorado y recibí la aceptación de la universidad. Estuve sólo un año en el programa de Wildlife and Fisheries, pero me ayudó a ser independiente.
Cuando volví a México, una de las primeras cosas que hice fue buscarlo. Lo encontré ocupado en su oficina, su mirada fija en los documentos. Esperé para contarle cómo me había ido; antes me habría abrazado y pedido que le contara todos los detalles de mi estancia, incluso me habría preguntado qué había aprendido en ese año, de mi reingreso al CICESE.
Alzó la mirada y me sonrió sin entusiasmo, como si estos meses sin comunicación no significaran nada. Yo también le sonreí, aunque ya no era la sonrisa de la estudiante que lo veía con idolatría, perfecto, capaz de todo.
Ya no pertenecía a su grupo, ya no trabajábamos juntos, ni siquiera volvimos a hablar. Araya siguió asesorando a los estudiantes que se lo solicitaban, aunque ya pensionado se aisló de la vida educativa. Por mi parte, realicé mi doctorado con otro grupo, otra familia de investigación y trabajé con otro mentor.
Veinte años después de nuestra última charla, estaba en una cafetería cuando recibí una llamada telefónica de un amigo con el que compartí esos años de la licenciatura, y que también apreciaba mucho a Araya.
—Sabes que vivo cerca del doctor Araya…—Luego, un largo silencio—. Hoy el vehículo de la SEMEFO lo recogió. Pensé en ti inmediatamente.
Murió solo, su esposa había muerto años antes. Me tocó avisar a las personas a cargo del departamento de Acuicultura y división de Oceanología, a la que perteneció por muchos años. Su hija no quiso ninguna ceremonia ni reunión. Mi mentor y tutor por más de diez años se había ido. Le agradecí y me quedé afectada, sabía que un día pasaría pero creí que estaría cerca de él. ♠

Ana Denise Re es originaria de la Ciudad de México. Se dirigió a Baja California para estudiar oceanología, y posteriormente ecología marina, nutrición, fisiología y educación. Es investigadora, profesora y terapeuta desde hace treinta y ocho años.
